De lo divino en lo terrestre
Por: Cristóbal Emilfork
No es necesario hablar de Dios para quien busca ir tras sus huellas. Al menos esa es una de las principales intuiciones que puedo elaborar tras pasar un breve tiempo en los archivos del sacerdote salesiano Alberto de Agostini, en el museo Maggiorino Borgatello, de Punta Arenas. De Agostini fue uno de los pioneros en la exploración e identificación de los glaciares andinos de la Patagonia meridional chileno-argentina, así como en la isla grande de Tierra del Fuego. "No hay, en efecto, en ninguna parte del mundo glaciares que, a esta latitud, tengan un desarrollo tan extraordinario y lleguen como aquí a derretir sus frentes sobre las aguas del mar o de los lagos", afirma en su escrito Los Glaciares de la Patagonia Meridional y Tierra del Fuego.
Desmintiendo lo que pensaba originalmente, los relatos de De Agostini no son profusos en analogías, metáforas espirituales o divinas a la hora de hablar de sus exploraciones y viajes por los fiordos y cordones cordilleranos de la Patagonia. Lo que se encuentra, por el contrario, es una detallada descripción geográfica de los ecosistemas en los que habitan estas masas de hielo. De Agostini se sorprende una y otra vez con el encuentro entre el hielo y el mar, por el modo cómo los hielos de la montaña descienden hasta tocar las aguas del océano. El sacerdote se maravilla porque el fenómeno se da, además, en latitudes tan bajas: "Tenemos que llegar en el hemisferio Norte hasta el paralelo 58º (Alaska) o bien en el 68º (Yökelfiord, Noruega) para encontrar un glaciar que desciende hasta el mar, mientras que en la Cordillera austral lo encontramos a sólo 46º,40' de latitud Sud, en el golfo Pena (Glaciar San Rafael)".
Glaciares de dimensiones "enormes", mantos de hielo descendentes "algunos realmente imponentes", e "inmensos" campos de hielo son los pocos adjetivos calificativos con los cuales De Agostini acompaña pormenorizados relatos topográficos en zonas que declaraba aún son "inesploradas" (sic) por el ser humano. Muchas de sus descripciones se configuran a partir de comparaciones con glaciares del hemisferio norte, ubicados en Noruega, Islandia o Alaska, lo que permitiría comprender de mejor forma las particularidades de los glaciares australes.
En sus observaciones, que datan de mediados del siglo pasado, también se hallan relatos del retroceso de estas masas de hielo: "En el lago San Martín son dos los glaciares de tipo alpino que llegan hasta las aguas del lago: el O`Higgins y el Chico, en el brazo Sud del mismo lago. El ventisquero O'Higgins es uno de los más extensos de esta vertiente midiendo su frente casi ocho kilómetros. Se encuentra sin embargo en una fase de fuerte retroceso como lo demuestra la faja remdal de vegetación que corre paralela con los flancos del ventisquero en una altura de má (sic) de cien metros (...) Pobladores antiguos me aseguraron que cuando llegaron a aquellos parajes, hace apenas 25 años, la punta extensa de la frente del ventisquero alcanzaba un islote rocoso que actualmente se encuentra a quinientos metros de distancia (...)".[1]
Como sacerdote cursando un doctorado en Antropología, me resulta cautivante preguntarme cómo el oficio evangelizador se transluce en la vida de De Agostini junto al medioambiente que lo circundaba. El italiano era parte de la congregación salesiana, que hasta hoy es uno de los rostros protagónicos de la Iglesia Católica en el extremo sur del continente americano. Percibo en su afán por la ciencia, la geografía, y la exploración un correlato con la empresa civilizadora y colonial de la época. Sin embargo, me faltan muchas más horas de estudio para hallar trazos del modo cómo ese contexto inspiraba sus búsquedas, así como su relación con los pueblos y paisajes que recorrió incesantemente en su permanencia en la zona.
Son cientos las páginas de descripciones detalladas de las exploraciones llevadas a cabo por este sacerdote en los hielos del extremo sur de Chile y Argentina. Como he dicho, se necesita leer más y mejor para sacar alguna conclusión sobre el modo cómo este presbítero relacionaba su oficio sacerdotal con la exploración de territorios que, quizá, le evocaban algo de sus paisajes de infancia en las laderas prealpinas del norte de Italia. En acotados momentos durante el año, cuando sobre todo las condiciones meteorológicas lo permitían, De Agostini se lanzaba a las montañas. Salvatore Cirillo, director del archivo del museo, se preocupa de dejarme en claro que De Agostini no vivía todo el tiempo a la intemperie. Sin embargo, nos cuesta dar con una fotografía en la que el sacerdote no esté en medio de los paisajes patagónicos. Es allí, y por medio de sus detalladas descripciones y registros de estas regiones, donde encontró un modo de ser sacerdote.
[1] No me fue posible datar este documento. Sin embargo, por otros datos contenidos en él, al menos es posible afirmar que es posterior al año 1942, ya que en éste figura la exploración al ventisquero Grey realizada por H. Willumsen y J. Floegel, del club Andino de Punta Arenas, llevada a cabo, según el propio documento, entre el 5 y el 13 de diciembre de 1942.
Acerca del/a Autor/a
Cristóbal Emilfork estudia un doctorado en Antropología Sociocultural, con especialización en Estudios de Ciencia y Tecnología y Humanidades Ambientales en la Universidad de California - Davis. Máster en Estudio de las Religiones por la Universidad de Oxford y magíster en Sociología por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Su área de investigación son las relaciones humanas-más que humanas y las diversas formas en que se construye el conocimiento en torno al cambio climático. En su proyecto doctoral, busca investigar la epistemología del cambio climático a partir de la investigación de glaciares en derretimiento y otros componentes de la criósfera en la Patagonia sur chilena y zonas subantárticas.